La vida secreta de una prostituta de lujo

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Habla cinco idiomas. Trata con deportistas de élite, ejecutivos, famosos… Se embolsa entre 5.000 y 9.000 euros al mes. En una jornada puede ganar más que cualquier sufrido mileurista. Pero no es una agente de Bolsa. Ni una empresaria de éxito. Se prostituye. Elige cuidadosamente clientes de altísimo nivel. Gracias a sus encantos, vive a todo tren y manda dinero a su mamá. Dejó Moldavia, su país natal, y Rumanía, donde la explotaron, para echar raíces en Barcelona. Magazine convive 24 horas con Cristina M., que ejerce el oficio más viejo del mundo en versión glamour. «Mi hijo tendrá una madre que ya no será prostituta», anhela.
 

Texto y fotografías Alfons Rodríguez
A Cristina M. le gusta el mar y sobre todo, la playa, la calidez de la arena en verano. En su pequeño pueblo natal, en la fría Europa central, no hay mar, ni playa, ni tampoco hubo una infancia más o menos feliz en aquella olvidada aldea de Moldavia, vieja república soviética. Hay que olvidar aquel sitio, aunque natal, en el que has sido vendida como mercancía con fecha de caducidad, como bien material de fabricación en cadena y sin haber cumplido todavía los 17 años.

«No creo en Dios, pero sí en mi madre y en mi fuerza para seguir luchando». Cristina M., 25 años, confía en ella. «Es lo único que no me ha fallado desde la primavera de 1999, cuando me llevaron a Rumanía», añade con un ligero gesto de irreverencia hacia su pasado y con una voz de tono grave y a la vez dulce. Su castellano es fluido y el acento casi imperceptible, aunque lo suficiente para darle un pincelada atractiva, tal vez exótica. Cuida su vocabulario. Es lo que se espera de ella: sofisticación, educación, corrección, cierto protocolo…

La tarde mediterránea avanza y la luz cálida provoca brillos glamurosos en sus gafas y en el cinturón, ambos de Christian Dior. Las gafas de sol adornan una melena rubia cuidada y ocultan unos ojos, entre verdes y pardos, de mirada felina. Su estilizada y frágil figura queda perfectamente perfilada por unos pantalones de Dolce & Gabbana y una camiseta de Cavalli. Se cambia el cigarrillo (de la marca Karelia) de mano y toma el vaso de agua con gas de Voss, a cinco euros el minúsculo botellín. «No es que me gusten las marcas, es que me gusta lo bueno, la calidad», señala mientras se coloca las gafas sobre la cabeza.

Sin adolescencia. Cristina M. sabe estar, por eso calza unas sandalias que dejan al descubierto su pequeño pie. Los tacones, para otro momento. A pesar de la sencillez de su indumentaria de hoy, la gente la mira, hombres y mujeres… pero sobre todo hombres. A pocos metros, un grupo de adolescentes juega al voleibol sobre la arena: «Me encantaría saber jugar y poder hacerlo con mis amigos». No había playa en su natal Gotesti. Ni playa ni adolescencia en la que jugar a vóley. De todas formas, aún hoy le costaría formar un equipo. «El problema es que no sé si tengo tantos amigos con los que jugar sobre la arena», añade entre sonrisas lacónicas.

Da un giro brusco a la conversación y se queja de que esta mañana no ha venido la esteticien a domicilio para arreglarle las uñas. De repente, empieza a hablar de su vida. Tras Rumanía, donde mantuvo una relación sentimental con un chico durante 10 meses, viajó a Belgrado (Serbia) y estuvo medio año trabajando para liberar las tensiones de unos militares rusos que la trataban con respeto. Fue una época de relativa suavidad en la que intentaba escatimar lo que podía a su «madame». En este punto añade una frase lapidaria: «Pero yo sabía que la vida y mi cuerpo podían dar más de sí». Por eso cuando le propusieron viajar a la Europa dorada, a Barcelona, dijo sí. En la cosmopolita ciudad condal trabajó durante un tiempo bajo el auspicio de un proxeneta, que se llevaba el 40% de las ganancias que obtenía en el club donde trabajaba. A pesar de ello, Cristina M. afirma: «Siempre le agradeceré a aquel tipo el trato respetuoso y el que me enseñara a moverme, a vestir, a saber estar, a valorarme como debía, a respetarme».

Tal vez ella no lo sepa, pero puede que aquella niña provinciana sin pulir, no necesitara que nadie le enseñara nada. Tan sólo era preciso que alguien le dijera que podía hacerlo.

Enciende otro pitillo y cuenta, mirándome a los ojos, que «hace unos seis meses que corté una relación sentimental que tenía con un taxista». Desliza un sentimiento de nostalgia: era una relación sincera y hasta la familia de él sabía cuál era su profesión. Él propuso que cambiara de vida, pero «ser mileurista en este país es difícil cuando estas acostumbrada a un determinado tren de vida». Imagino un estilo de vida en el que las alfombras son de pétalos de rosa y los anillos de diamantes… y la digna profesión de taxista seguramente no dé para tanto.

Tener una vida normal es un sueño que a veces le parece inalcanzable, y el amor es algo que todavía le resta por descubrir. Además, «sin los varios miles de euros que gano cada mes, entre cinco y nueve mil, cómo iba a enviar dinero a mi madre, cómo le hubiera comprado la casa en la que vive y cómo le iba a estar costeando la reforma». Para ello, realiza entre seis y 12 servicios al mes. Los ofrece de dos horas y también de fin de semana. Su madre sólo tiene 43 años y queda mucho dinero por enviarle. Claro que siempre queda trabajar a destajo para abandonar este gremio, pasar por él de puntillas. Cristina es selectiva. Cuando una noche suena su teléfono a las tres de la madrugada, simplemente no contesta. «Si un cliente no me gusta, simplemente digo no; cuando un día estoy cansada o prefiero salir con mis amigos, pues digo que no, y listos» asegura resuelta. Dice «no» cuando hay que decirlo. No todo es dinero, aunque sea importante. Parece que en el punto medio, en el equilibrio, reside la clave.

Golpea su teléfono móvil de 400 euros por que ha dejado de funcionar y espera una llamada de su profesor de baile. Le apasiona bailar y «los ritmos latinos». Leer es otra cosa y los libros, en sus delicadas manos, pesan demasiado. La llamada que no llega y otro cigarrillo que arde entre sus dedos: «No es bueno fumar, pero cuando vives la noche tan a menudo es difícil evitar según qué cosas», aclara entre calada y calada. Lo que está claro es que más allá del tabaco y de alguna copa no hay que ir. Cristina M. nunca se ha drogado.

Las cosas por su nombre; el sexo, principalmente por dinero; el pasado ya pasó; la vida es la libertad y en su caso, además, su madre; las razas y el color de la piel, para las enciclopedias; la avaricia es el fin de casi todo, y la sinceridad, el principio; la superación y el esfuerzo, por encima de la amistad y el amor; por último, enterrar la hipocresía. Remata su reflexión con otra de esas frases suyas tan solemnes: «Puedo dar placer e incluso cariño, pero casi siempre cobrando».

Domina más o menos bien cinco idiomas, pero cambia rápidamente de tema, prefiere hablar de la perrita de su amiga Menchu y del lorito que se le murió hace poco. Esto dice mucho de su ternura, al menos aparente. Me habla de su amiga, de la mejor, que acaba de tener un bebé. Para ellos su amor; para los deportistas de élite, políticos y empresarios, su cuerpo. Uno de aquellos clientes fue verdaderamente entrañable: «Un burgués catalán que me regalaba joyas carísimas, incluso diamantes, y al que le hacía sobre todo de confesora… como descarga emocional, ya me entiendes». Hablaban mucho aquel buen hombre y ella. Un día, unas malas compañías le arrebataron un par de joyas regaladas por él, «¡valoradas en más de 10.000 euros!», concluye exasperada.

De su bolsillo se paga cursos de baile, clases de informática, sus progresos en idiomas, la peluquería, el vestuario, las numerosas salidas, y los caprichos de alto nivel. Con una mueca en la boca añade: «Algunos clientes se ofrecen a hacer regalos caros, ropas, bolsos, pero yo prefiero metálico, que no deja rastro».

Enciende otro cigarro al estilo Hollywood. Se relaja y me cuenta que nunca ha pasado por un cliente violento o peligroso:. Hay otras chicas que sí los han sufrido y es muy desagradable. La ventaja de ir con señores que se juegan mucho si sus distracciones morales se desvelan es que suelen ser respetuosos. Miedo al sida, a las vejaciones… «Sí, pero siempre extremo las precauciones. Por supuesto que me gustaría cotizar en la Seguridad Social, pero es algo que todavía veo lejano», estima.

Una vida normal. Volvemos a la familia. Hay dos hermanastros por parte de padre de los que no sabe mucho. Como tampoco sabe demasiado de su progenitor. Por lo visto, el tipo dejó embarazada a su madre y, sin casarse, puso distancia de por medio. Nunca más se supo. Con un suspiro agrega: «A veces esto de la familia es una cuenta pendiente que tengo, una carencia…». Por eso se ha puesto un límite y sabe que algún día dejará todo esto y tomará un nuevo camino. Demasiada presión, choque de conciencias, escrúpulos, moral, ética. «Querría tener un bebé, una familia estructurada…, pero de forma sincera. Hay compañeras de profesión que tienen hijos, pero que les hacen vivir un mundo diferente: ausencias continuas, canguros cada día, hombres que vienen y van… Mi hijo tendrá una madre que ya no será prostituta».

Pero llevar una vida normal es relativo. Ana, la amiga de Cristina, prefiere no mostrar su rostro. Hace ocho años que dejó el frío clima de Siberia, la lejana ciudad de Vladivostok. En el camino a Barcelona se perdió por Corea, China, Grecia y Moscú. Mientras degusta un plato de ensaladilla rusa y explica: «A los 16 años ya trabajaba como modelo en Rusia, pero no tuve suerte». Sus ojos azul turquesa, sus cabellos dorados y su esbeltez no fueron suficientes para alcanzar el éxito. La dureza de su pasado la han hecho descreída y perspicaz a la vez. No cree en Dios ni en el amor. Le encanta el sexo y es temperamental, por eso si el cliente no le gusta, lo rechaza sin más. ¿Cómo decís en España…? En frasco pequeño fina confitura… y no cualquiera va a poder probarla»… Y eso que Ana K. mide 180 centímetros de estatura.

Tanto una como la otra son conscientes de lo que hacen con su cuerpo. Ambas manejan a los hombres con soltura, son diosas del amor. A cada paso que dan, en cada lugar al que llegan, sobre sus anatomías –y sus acompañantes– se clavan miradas de deseo y envidiam. Con su nimio acento del Este, Ana culmina: «Somos personas libres, independientes… yo lo que quiero es dignificar esta profesión. Somos tanto como el que más».

 

FUENTE EL MUNDO

http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2009/488/1233143990.html

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