¿Son los derivados el problema de la economía?

A raíz del reciente accidente nuclear de Fukushima casi todos los medios de comunicación y la blogosfera se han convertido en unos expertos en centrales nucleares. Han dado explicaciones de todo tipo y han defendido sus razones a favor y en contra de la energía nuclear con mas o menos criterio.

El próximo viernes, 25 de marzo, se va a estrenar la película documental “Inside Job”, ganadora de un Oscar, sobre el desastre financiero de 2008 que nos ha conducido a la presente crisis. La espero con afán.

Si tiene éxito, y espero que lo tenga, todo el mundo va a convertirse en experto en derivados financieros y cada uno dará sus recetas para evitar la repetición de un desastre como el ocurrido. Y es que los derivados financieros son unos de los “presuntos culpables” de esta crisis.

A riesgo de poner la venda antes que la herida ahí va una explicación para todos los públicos de un derivado financiero. Advierto a los expertos que voy a intentar ser antes simplista que incomprensible y por tanto puedo incurrir en imprecisiones de todo tipo con tal de hacer comprensible este concepto.

¿Qué es un derivado financiero?

Antes de explicar en qué consisten los derivados financieros en sí, nos aproximaremos a ese concepto con otro que, para bien o para mal, muchos de vosotros ya os habréis topado y que tiene elementos en común. Se trata del contrato de arras.

Un contrato de arras se utiliza habitualmente como paso previo a la compra de un inmueble. Cuando comprador y vendedor llegan a un acuerdo en el precio y dado que el proceso de conseguir el dinero y firmar una nueva escritura lleva su tiempo, se firma un contrato en el que se establecen los nombres de comprador y vendedor, la propiedad que se va a vender, el precio final y una fecha límite en la que la compra debe ser formalizada ante notario.

Como garantía de que el comprador cumplirá su parte del contrato, este entrega un dinero, generalmente un tanto por ciento de la firma total. Si pasada la fecha límite el comprador no formaliza la compra, pierde ese dinero. Si por contra es el vendedor el que se echa para atrás, entonces está obligado a retornar ese dinero por duplicado.

Hasta aquí todo parece claro y sencillo.

Bien, pues en jerga financiera este contrato es muy parecido a un derivado financiero llamadoopción “call”, con subyacente la vivienda, al precio de “strike” por el total estipulado menos la cantidad en arras, con fecha de vencimiento la fecha límite y con una prima equivalente a la cantidad en arras y una garantía del vendedor del doble de la prima. ¿A que dicho así parece el no va más de la sofisticación financiera?

He dicho que es muy parecido porque realmente tiene algunas diferencias. Vamos a avanzar en nuestro ejemplo del contrato de arras para ir aproximando uno y otro concepto.

Imaginemos que el comprador es un especulador inmobiliario y firma el contrato de arras, entrega la cantidad estipulada, un 10% por ejemplo, pero negocia una fecha límite algo más larga de la habitual, digamos que 6 meses. Este presunto comprador no tiene ninguna intención de comprar la vivienda pero está seguro que antes de 6 meses encontrará otro comprador que pagará más por esa vivienda. Como durante 6 meses él tiene garantizado el precio, si los precios inmobiliarios suben puede conseguir unos buenos beneficios.

Imaginemos que a los 3 meses encuentra un comprador dispuesto a pagar un 5% más por la vivienda. Como él tiene el derecho de comprar esa vivienda, entonces puede realizar la siguiente operación: cambiar el nombre del comprador en el contrato de arras a cambio del 10% que ya ha entregado más el 5% adicional que está dispuesto a pagar. En un contrato de arras esto no está contemplado y el vendedor se podría negar, pero a efectos prácticos al vendedor le será indiferente pues él recibirá la misma cantidad, solo que de otra persona y el comprador final pagará ese 5% adicional que estaba dispuesto a desembolsar, un 15% al primer firmante del contrato de arras y el 90% al vendedor.

Así el comprador final pagará un 105% del precio inicial. El vendedor recibirá un 100% del precio inicial y el especulador recupera el 10% que había adelantado más un 5% del precio final de beneficios. Pero atención, el especulador solo ha invertido un 10%, que recupera, y consigue un 5% adicional. Esto es una rentabilidad del 50%, y solo en 3 meses. A cambio se ha arriesgado de no encontrar un comprador, y al no disponer de todo el capital de la vivienda, perder el 100% de las arras.

Aquí vemos el primer efecto característico de los derivados. Hay un efecto multiplicador de los posibles beneficios ¡y también de las pérdidas!Técnicamente a esto se le llamaapalancamiento. En este caso tenemos un apalancamiento de 10, pues solo tenemos que invertir una décima parte del capital total.

Pero aun no hemos llegado al equivalente de un derivado. Imaginemos que, además de un comprador que no tiene intención real de comprar la vivienda, tenemos un vendedor que no es el propietario real de la vivienda. Lo primero que se nos va a pasar por la cabeza es que el vendedor es un estafador. Imaginemos de todos modos, que este vendedor, que no es el propietario real, no es un estafador, sino que confía que en los próximos 6 meses el precio de la vivienda va a bajar. Si esto es así, él podrá, astutamente, comprar la vivienda más barata y luego revenderla al precio establecido. Si por ejemplo baja el precio un 5%, ese será su beneficio. Además durante 6 meses él ha recibido un 10% de la vivienda. Sin embargo, a diferencia de los contratos de arras, en los derivados financieros la cantidad en garantía está depositada en alguna entidad imparcial para asegurar que en caso de incumplimiento el vendedor pague. Al igual que la otra parte, si al vendedor le sale la jugada, este, aportando solo un10% de la vivienda que no posee, puede llegar a ganar un 5%, consiguiendo por tanto un 50% de beneficio.

En este punto nos damos cuenta de tres cosas algo sorprendentes.

La primera es que si tanto el comprador como el vendedor no quieren realizar la transacción real de la vivienda, entonces el hecho que haya un comprador y un vendedor real solo es necesario para poder determinar el precio al que se va a realizar la transacción. Una vez sabemos el precio de la transacción es suficiente que comprador y vendedor liquiden la diferencia entre el precio del contrato y el precio real. Si al final el precio final es un 2% mayor que el estipulado el especulador vendedor tendrá que pagar ese 2% al especulador comprador. La ganancia de uno, y la pérdida del otro, será del 20% sobre lo invertido.

La segunda es que nada impide que la misma operación que han realizado los especuladores la realicen otros a la vez ¡y sobre la misma vivienda! Dado que en el intercambio final de dinero entre especuladores no intervienen ni el comprador ni el vendedor reales, el hecho que haya 1 o 10 especuladores que hayan “apostado” sobre el precio es indiferente.

La tercera es que si en vez de 10 especuladores tenemos 1000 especuladores y cada uno ha puesto en juego el 10% del precio de la vivienda, ¡el dinero apostado es 10 veces mayor que el precio de la vivienda!

Casi ya tenemos un derivado financiero.

El problema de toda esta gran apuesta, es que si al final no hay una transacción real, no podemos determinar un precio y todo el tinglado se va al traste. Además cada vivienda es diferente y difícil de valorar. Es por eso que no hay derivados sobre viviendas. Es mucho mejor realizar este tipo de apuestas sobre algo que se compra y venda muy a menudo y cuyos precios sean públicos y conocidos. Un buen candidato es el petróleo. El oro, la plata, el cobre también lo son. El algodón, el maíz, o la carne de vacuno son otros productos sobre los que hay derivados. En general cualquier materia prima que se negocie en mercados públicos y abiertos es un candidato ideal para los derivados financieros. Obviamente también lo son las acciones de empresas, los valores de deuda pública o privada, o, el rey de los derivados, las divisas.

¿Eso es todo? ¿Simplemente unas apuestas?

Sí y no.

Pueden considerarse como una apuesta, de la misma forma que una apuesta sobre el resultado de un partido de fútbol. Los jugadores no tienen nada que ver con los apostantes. El resultado determina el intercambio de dinero. Todo lo que uno gana, lo pierde la otra parte. No se crea riqueza alguna.

Sin embargo todas estas apuestas sirven a un propósito casi imprescindible en nuestros días.

Imaginemos que queremos comprar un billete de avión para nuestras vacaciones con 6 meses de antelación. Para ofrecer ese billete con tanta antelación, la compañía aérea debe determinar los costes, entre ellos los del combustible, con una antelación de 6 meses. Como no sabe a qué precio va a tener que pagar por el queroseno dentro de 6 meses debería cubrirse por si sube mucho, cobrando más caro ese billete. Sin embargo tiene otra posibilidad. Si compra un derivado financiero sobre el petróleo con fecha dentro de 6 meses podrá asegurarse un precio y ofrecer un precio más ventajoso al cliente. Además se libra de la incertidumbre de posibles variaciones extremas en el precio del petróleo dejando que los especuladores asuman ese riesgo.

Otro ejemplo. Un productor agrícola puede sembrar trigo o cebada indistintamente. Como entre que siembra y cosecha los precios pueden variar mucho puede mirar en el mercado de derivados que producto tiene un precio más favorable y asegurarse ese precio y decidir que cultivo le interesa más. De esta forma el agricultor no se tiene que preocupar por los avatares de las fluctuaciones de los precios y trabajar sobre seguro.

Esta forma de asegurar precios futuros en un mercado abierto es mucho más eficiente que intentar encontrar un mayorista que te asegure la compra a un precio determinado. Puede haber muchos mayoristas diferentes y la negociación puede ser larga y costosa. Además los mayoristas puedes presionar al productor “advirtiéndole” que si no acepta sus condiciones otro año no le va a comprar/vender.

Por contra un mercado de derivados es totalmente anónimo. Comprador y vendedor no se conocen y los únicos criterios que prevalecen son la oferta y la demanda.

El servicio que prestan a la sociedad los derivados financieros es la distribución de riesgos futuros en función de su disponibilidad de forma eficiente.

¿Por qué se acusa a los derivados de ser parte del problema entonces?

Los derivados presentan dos problemas preocupantes.

El primero es que al funcionar con apalancamiento, es una forma de crédito con todos los riesgos que eso supone. Por ejemplo, en el mercado de divisas (comúnmente llamado Forex) se puede llegar a operar con un apalancamiento de 200. Es decir que invirtiendo 100 € estas comprando o vendiendo el equivalente de 20.000 €. Esto hace que las cantidades de dinero implicadas sean enormes. Se calcula que este mercado mueve todos los días unos 4 billones de dólares. ¡Esto es casi el PIB de Japón todos y cada uno de los días del año! La fuerza de este mercado es tal que puede llegar a doblegar a países enteros.

El otro problema es que numerosas veces, los mercados de derivados mueven más dinero que los mercados subyacentes. Esto es un gran incentivo para la manipulación y la corrupción en la determinación de los precios. En el ejemplo de la vivienda, si tu firmas 2 contratos de arras con dos especuladores diferentes, entonces puedes dirigirte al vendedor real de la vivienda y ofrecerle tranquilamente un precio un 5% más del de mercado, ya que, aunque tu pierdas un 5% con esa compra, ganas dos veces esa cantidad con los dos contratos de arras.

Este mismo esquema se puede utilizar para manipular los precios de los alimentos. Dado que las cosechas tienen una capacidad de producción limitada, si el dinero apostado en derivados financieros sobre un producto supera con creces el valor de ese producto, entonces los incentivos de acaparar el producto con el único objetivo de aumentar el precio y recoger las ganancias especulativas de los derivados son muy fuertes y muy difíciles de evitar. Si ese producto es el trigo o el maíz, millones de personas en todo el mundo pueden pasar hambre por la codicia de algunos poderosos.

Los defensores de los derivados arguyen que generalmente estos tienen un efecto estabilizador de los precios y que optimizan los mercados de capitales y mejoran la economía en general. Que los desajustes puntuales son debidos a problemas subyacentes reales (malas cosechas, países mal gestionados, etc.) y que los derivados no hacen sino acelerar los mercados para que corrijan esos desajustes lo más rápidamente posible.

¿Que se podría cambiar para evitar los inconvenientes de los derivados?

Los grandes altibajos de precios han existido siempre, por lo que es discutible que una prohibición de los derivados pudiera mejorar este aspecto. Así mismo, muchos productos carecen de derivados y no por eso sus precios son más estables.

Otra posibilidad sería permitir la operativa solo a aquellos que realmente van a comprar o vender la mercancía, de forma que se evitaría que el volumen de derivados fuera mayor al del subyacente. Así funciona el mercado de futuros del aceite de Jaén. A juzgar por las protestas de los productores no parece que eso les haya beneficiado especialmente.

También la famosa tasa Tobin se ha postulado como un freno a la excesiva especulación. Por contra puede aumentar los costes de aquellos que quieren protegerse de las variaciones de precios y por tanto disminuir la eficiencia de la economía.

En definitiva, la posible solución no es nada sencilla, y los enormes intereses económicos que hay de por medio difícilmente pueden propiciar un debate objetivo sobre este tema.

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