La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2011)

 

VALENCIA. En 1998, el magistrado español Baltasar Garzón ordenó la detención del dictador chileno Augusto Pinochet, que se encontraba en aquel momento en Londres para recibir tratamiento médico por una hernia. Durante los meses siguientes, se vivió un tira y afloja entre Garzón y los abogados del dictador, mientras éste se encontraba en arresto domiciliario, sin poder salir de Inglaterra para volver a su país. Los cargos eran violaciones de derechos humanos durante la dictadura, mientras que sus abogados apelaban a la amnistía que se había decretado en Chile.

Mientras se dirimía este problema jurídico, se abría el inevitable debate mediático. Los partidarios de una jurisdicción universal para determinados crímenes chocaron con un estado de opinión alimentado por los medios de comunicación de derechas: consistió en decir que Pinochet era ya un anciano, que hacía años que la dictadura había terminado y que, con esas condiciones, había que apelar a la piedad, no a la justicia. Vamos, que se dejara todo igual porque las cosas, cuanto menos se mueven, mejor. Y que la perspectiva del tiempo lo cura todo, que en eso consiste la reconciliación de verdad.

Digamos que esa moda tan supuestamente benévola se reproduce una y otra vez con cierta frecuencia ante casos similares: cuando se tiene que juzgar responsabilidades políticas de signo derechista. Lo sabemos en este país a cuenta del debate absurdo sobre si los familiares del franquismo tienen derecho a saber dónde yacen los cuerpos asesinados de sus padres y abuelos. Pero esto sucede no sólo en los terrenos político, judicial y mediático, sino también en el cultural, como, por ejemplo, el cine.

“Una de las películas más reaccionarias, falsas y tramposas que ha dado el cine”

La última prueba es La dama de hierro, una de las películasmás reaccionarias, falsas y tramposas que ha dado el cine en los últimos años. La película consagra esa máxima de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y que con gente como Pinochet al menos había orden. Pues con Margaret Thatcher,lo mismo: qué tiempos aquellos en que los políticos sabían poner sus arrestos sobre la mesa y llevaban recto a todo un país. Qué capacidad de decisión, qué rectitud, qué ejemplo para los gobernantes de hoy en día.

La película es una recreación de algunos episodios de la vida de la Thatcher, que estuvo al mando de Gran Bretaña desde 1979 a 1990. Su mandato fue crucial para marcar las nuevas pautas del movimiento conservador occidental, cometido en el que contó con la ayuda fundamental de Ronald Reagan, cuya estancia en la Casa Blanca coincidió con la de la primera ministra británica. Reaganismo y thatcherismo convergieron rápidamente en una simbiosis que se denominó “revolución conservadora”, un oxímoron de ésos que, como “partido revolucionario institucional”, nos regala de vez en cuando el lenguaje político.

La “revolución conservadora” consistió en la instauración de una idea letal: el ciudadano que tiene trabajo, es trabajador; por el contrario, el que no lo tiene, es un vago, parasitario o poco emprendedor, como se dice hoy en día. Como es un parásito, no se merece los servicios sociales que los que sí trabajan ceden generosamente, por lo que la sociedad se debe reajustar para basarse, únicamente, en una supuesta cultura del esfuerzo. Esta idea ha tenido tal calado que sigue con una rabiosa vigencia en la actualidad. Basta con cambiar, de la anterior frase, la palabra “ciudadano” por expresiones como “inmigrante“, “funcionario” o “liberado sindical” para comprobar que la “revolución conservadora” no entiende la revolución como algo pasajero, sino como un proceso estable y con una creciente implantación.

“El peor pecado de los conservadores fue, en cierto sentido, el de la hipocresía”

Así, los años 80 fueron unos años terribles en Estados Unidos y Gran Bretaña, con privatizaciones de servicios públicos, aumentos de impuestos (pese a que los conservadores pregonan lo contrario), empobrecimiento del tejido social, aumentos de las desigualdades entre ricos y pobres y progresiva desaparición de las clases medias. Todo nutrido de un férreo control de los medios de comunicación, de las expresiones culturales y el aumento de los mecanismos de censura.

Esto que decimos no es un cliché ni una soflama a lo Manu Chao, sino hechos constatados desde hace tiempo, pese a que se inviertan tantos esfuerzos en ocultar la evidencia. Lo advirtió Paul Krugman años antes de ganar el Nobel y en pleno gobierno de Bill Clinton, en su libro Vendiendo prosperidad: “El peor pecado de los conservadores fue, en cierto sentido, el de la hipocresía. Proclamaron como objetivo el crecimiento, lo ofrecieron como respuesta a todos los problemas, y todo ello mientras seguían una política que impedía, de hecho, ese crecimiento”.

Y ahora llega el momento de reivindicar ese contexto político para justificar los recortes que se están realizando en la actualidad. Si aquello se presenta como una época gloriosa, en la que había políticos que trabajaban por el bien común, pues entonces entenderemos que esta poda de derechos que nos está tocando vivir responde al interés desinteresado y en aras del bien general. A la espera de ver si algún día Hollywood realiza una película hagiográfica que encumbre a Ronald Reagan como el gran estadista contemporáneo, llega ahora un ensayo general de ese discurso parafascista en esta película sobre la dama de hierro.

El problema radica en la ocultación de su biografía”

El problema no es ya que se mienta y se diga que la Thatcher fue una dirigente inteligente y sensible. Tampoco es que se nos presente como una luchadora, condenada a sobrevivir en un mundo machista, como si hubiera sido una abanderada del feminismo. El problema radica en la ocultación de su biografía, de manera que su mandato no ocupa ni la mitad de la película. Para ello, se recurre a una maravillosa elipsis narrativa: como espectadores, podemos ver atónitos cómo la secuencia posterior a la de la guerra de las Malvinas es la de las conspiraciones para eliminar a Margaret Thatcher del mando del partido conservador. Es decir, la película elimina todo lo que sucede entre 1982 y 1990, de modo que la biografía sobre un primer ministro trata de todo menos de su período como primer ministro.

¿Y en qué ocupa el tiempo la película? Básicamente, en dos ocupaciones. La primera, en apelar a la compasión hacia el personaje. La mayor parte del metraje nos presenta secuencias de una octogenaria Thatcher que tiene alucinaciones en las que se le aparece su marido fallecido. Pobrecilla, vive anclada en el pasado, encerrada en un piso de Londres del que no puede salir y donde apenas tiene vida social y un montón de tiempo para rememorar todo lo que fue en el pasado. Vamos, la misma imagen que se nos vendió de Pinochet cuando también estaba en Londres.

La segunda ocupación se centra en hacer un repaso vital donde llegamos a intuir que la Thatcher sólo pensaba en la grandeza de Gran Bretaña, y que, para recuperar esa grandeza, no temblaba aun teniendo que aplicar medidas impopulares. Vamos, una incomprendida, que sólo recibía la respuesta enfadada de trabajadores que golpeaban sin parar su coche. Trabajadores todos ellos vestidos como perroflautas pobres… ¡qué asco! La sociedad no es injusta con ella sólo ahora, sino que también lo era en su momento. Menuda panda de desagradecidos marxistas… Vamos, lo mismo que pensaría Pinochet en su fría espera londinense.

“Se trata de una cinta radical, insultante y provocadora

No podemos hablar, así pues, de oportunidad perdida porque todo está medido al milímetro en esta película. Como dice la Thatcher en un momento a la hora de justificar su política de recortes, “la medicina es fuerte, pero el enfermo la necesita para sobrevivir”. Un mensaje que se sigue vendiendo hoy en día y que se podría aplicar a la intencionalidad de la película: se trata de una cinta radical, insultante y provocadora, bajo su apariencia de perfección formal y su supuesto retrato amable de la biografiada.

Es radical porque radical tiene que ser un cine que se dedica a justificar las bases históricas y políticas sobre las que se sustenta la crisis actual. Porque el interés es que la población se crea la intención bondadosa de los años 80 y de los tiempos actuales. De lo que robaron y estafaron aquellos gobiernos no habla esta película. Para eso hay que acudir a Wall Street (1987), de Oliver Stone, porque aquí, en La dama de hierro, no se habla de política. ¿Cómo? ¿Qué una película de Margaret Thatcher tiene que tratar su faceta política? Ya ven, ingenuo que es uno

FUENTE: VALENCIAPLAZA.COM

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