Los idus de marzo (George Clooney, 2011)

La corrupción en la pantalla

POR MANUEL DE LA FUENTE … VALENCIAPLAZA
¿Se imagina alguien que un actor muy conocido de nuestro cine se pusiera tras la cámara y dijera que en las bambalinas de nuestra política existe una corrupción sin límites?…”

VALENCIA. El próximo 25 de marzo se celebran las elecciones en Andalucía. Es el último obstáculo que tiene el Partido Popular antes de dedicarse a hacer política de verdad, con recortes y despidos. Bueno, perdón, mejor dicho, con ajustes y reestructuraciones.Porque así es como perciben los partidos mayoritarios las sucesivas “fiestas de la democracia”, como un trámite fastidioso que hay que superar de vez en cuando. Cuando se acercan las elecciones, hay que contemporizar, hacer promesas y poner la mejor sonrisa ante los fotógrafos.

Esto lo hemos visto recientemente con la celebración de los sendos congresos del PSOE y del PP. En ellos, lo más importante no eran los discursos y ponencias, sino los tejemanejes del partido perdedor en las elecciones para conservar unas cuotas de poder interno (el caso del PSOE), y las demostraciones de fuerza del partido ganador (el PP), poniendo el acento en la unidad y el apoyo sin fisuras al líder.

 

Los periodistas iban a los congresos no para constatar las ideas que se estaban debatiendo, sino para hacer las fotos y las “crónicas de ambiente”, es decir, para contar quiénes compartían café en una misma mesa o qué miradas se dirigíanentre sí algunos dirigentes enfrentados. Es una de las conversiones más perversas en que ha derivado la política: llegar a ser un mero espectáculodonde los discursos y las ideas cuentan tan poco que ya incluso se acepta que un partido aplique en el gobierno lo contrario de lo que anteriormente había dicho en campaña.

El problema llega cuando todo esto nos parece normal. Y una buena parte de responsabilidad recae en la cultura audiovisual de nuestro país. Ésta es una de las principales reflexiones que surgen tras ver Los idus de marzo, la última película dirigida por George ClooneyLa cinta muestra los entresijos de la política norteamericana a partir de la historia del asesor de un candidato demócrata a las primarias presidenciales de su partido.

Que sea un candidato demócrata y no republicano no sirve para mostrar en absoluto un retrato más complaciente de los resortes de la política estadounidense. Al contrario, resulta aún más escandaloso lo que se muestra: un candidato que es un perfecto hombre casado (George Clooney) tiene una relación sexual con una joven voluntaria de su campaña, lo que hace que uno de sus asesores (Ryan Gosling) descubra que no todo es tan idílico como él creía. Chantajes, sexo, amenazas y muertes se suceden con toda normalidad, ya que esta normalidad se mantiene gracias a que todos corren un tupido velo para que se siga manteniendo el sistema.

La conclusión a la que llega la película es, así pues, terrorífica, porque nos desvela que todos los dirigentes tienen cadáveres en el armario que, además, les sirven incluso para seguir ascendiendo puestos. El personaje del asesor demuestra que es válido para el trabajo cuando es capaz de situarse al mismo nivel de su jefe, el candidato a presidente. Cuando completa su proceso de pérdida de la inocencia, cuando descubre las bajezas que mueven el negocio político, cuando se devela como un auténtico cabronazo sin escrúpulos, entonces afianza su puesto en la primera línea de la batalla por el poder en Washington.

Atrás quedará, en definitiva, el ideario político del candidato, situado en la tendencia progresista norteamericana. Hay una secuencia en un mitin en el que el candidato Clooney promete no favorecer a las clases ricas y detener la dependencia energética del petróleo. Qué más da que el político de turno tenga las ideas de Obama o Bush, parece decir el director, cuando todo está urdido únicamente con la finalidad de llegar al poder, sea como sea.

La exposición de este argumento e ideas vienen no de una película independiente y antisistema, sino del corazón mismo de la industria del cine, de las manos de uno de los galanes de Hollywood. En su cuarto largometraje como director, Clooney sigue empeñado en presentar los aspectos más oscuros de la historia reciente de Estados Unidos, desde el funcionamiento de la CIA (Confesiones de una mente peligrosa) hasta el periodo de la caza de brujas (Buenas noche y buena suerte) pasando por la época de la profesionalización del deporte (Ella es el partido). Sin embargo, es en Los idus de marzo donde Clooney se atreve a ir más lejos y donde la conclusión es menos complaciente.

Una vez recordada esta circunstancia, tampoco es que Clooney sea un francotirador izquierdista que quiere demoler el sistema. No. Lo que sucede es que sigue una tradición del cine norteamericano consistente en cuestionar los asuntos menos edificantes de la política. Una cosa que hay que reconocerle al cine de Hollywood es que siempre ha intentado mostrar los mecanismos de la política del país, desde diversos géneros (de la comedia al drama) y a lo largo de todas las épocas: para empezar, la película fundacional del cine estadounidense, El nacimiento de una nación (1915) era una reconstrucción de la historia política contemporánea.

Si pensamos en el cine de las últimas décadas, recordaremos películas que también mostraban las vilezas de las campañas electorales (Primary Colors, con John Travolta y Emma Thompson), la política exterior intervencionista (Leones por corderos) o incluso denunciaban la existencia de intereses perversos capaces de perpetrar auténticos golpes de estado (JFK, de Oliver Stone). El interés por los asuntos de la política ha servido incluso para construir carreras enteras, como el caso de Aaron Sorkin, responsable de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca.

Pero ni siquiera se trata de un fenómeno reciente. Los directores del cine clásico también se han acercado en diversas ocasiones al retrato de la política. Los ejemplos son numerosos: John Ford (El joven Lincoln, El último hurra), Frank Capra (Caballero sin espada) o Raoul Walsh (Un león en las calles) son algunos de los más destacados. Sin olvidar películas tan radicales como El político (1949), de Robert Rossen, en la que se plantea que la política norteamericana puede llegar a utilizar mecanismos de propaganda y extorsión similares a los que usaban los nazis. Casi nada.

Ante este panorama, contrasta nuestro caso, el cine español. ¿Por qué no existe un cine político mayoritario que aborde los aspectos más conflictivos de nuestra democracia sin que se genere un escándalo mayúsculo? ¿Se imagina alguien que un actor muy conocido de nuestro cine se pusiera tras la cámara y dijera que en las bambalinas de nuestra política existe una corrupción sin límites? ¿Se imagina alguien que, además, la historia de ficción fuese sobre un político de un partido concreto, es decir, del PSOE o del PP? La respuesta es clara: resulta inconcebible. En un país donde se montan bullas mediáticas por cualquier nimiedad, elaborar una película así supondría el suicidio artístico y la catalogación del director de “progretarra”, “antiespañol” y etiquetas similares.

En este aspecto, salimos perdiendo con respecto al compromiso del cine norteamericano. Se podrán poner todas las salvedades que queramos, se podrá achacar parte del problema a que arrastramos aún algunas consecuencias del franquismo, se podrá incluso señalar que el cine norteamericano lo que hace en última instancia es legitimar el sistema social y político. Da igual. El caso es que podremos considerarnos una sociedad avanzada, pero carecemos de una cultura audiovisual valiente y que llame a las cosas por su nombre. Luego los partidos políticos nos la meten siempre doblada porque aquí seguimos discutiendo a estas alturas si tiene que haber debates televisados entre los candidatos a unas elecciones. En Estados Unidos, eso ni se lo plantean. Lo mismo pasa con el cine. Así nos va.

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